| El Hombre Simple |
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El hombre simple se hace adulto cuando los diferentes vicios acaban convirtiéndose en verdaderos trabajos. En el pueblo, que sólo tenía una calle que empezaba en una carretera y terminaba en una ermita, vivían tres personas, nadie más. Eran por desorden alfabético un galerista, un editor y un político profesional, convertido de momento en concejal. No había árboles, pájaros, mujeres, coches ni niños. El pueblo era como un nido de águila, hecho de granito y abierto al sur. La galería se llamaba Abierto al sur, la editorial se llamaba Hecho de granito, y el ayuntamiento se llamaba ayuntamiento, un verdadero consistorio que era el nido de un águila. Y los tres habitantes necesitaban su público, porque sin el público sus profesiones eran insignificantes, sin embargo el galerista, el editor y el concejal pensaban –cada uno por su cuenta– que el pueblo no existía. El público, el pueblo es siempre algo llano que no se entera de nada o donde nada encuentra un eco, pero la galería, la editorial y el ayuntamiento aparecían en las guías teléfonicas y del turismo. Todos coincidieron en la misma convicción: el concejal temía que el público se enterase, el galerista temía que la galería se llenara de gente, y el editor temía que cualquiera quisiese publicar bajo su sello. La ermita hueca era toda ella arbotante de aire, y desde ese punto se observaban las nubes deshaciéndose hacia poniente, y las luces de las tres casas del pueblo firmes como el cinturón de Orión. El galerista quería organizar una exposición colectiva, el editor deseaba publicar una selección de escritores literarios, y el concejal se moría por celebrar un pleno, y a poder ser una cena medieval municipal después, con todos los ediles vestidos de época, que estaba muy de moda. El editor buscaba al final publicar él mismo y a sí mismo, aunque fuera en el apartado selección y prólogo, y se negaba a la primitiva idea original de ponerse en comunicación con el galerista y el concejal, escribirles algo, una carta, una invitación, en la que exponerles la idea y solicitarles algún téxto personal para la publicación, porque todo el mundo tiene escrito algo, aunque sólo sea en la cabeza. El galerista había llegado tarde, se le había ocurrido lo mismo que al editor, pero él no sabía escribir aunque lo intentaba en los terribles catálogos, y además lo suyo era seleccionar y colgar, plantear e iluminar, y la pintura ya se sabe que se explica sola, o se explicaba, ahora pintan, esculpen, proyectan, instalan, bailan, intervienen, deconstruyen más las sopas de letras de las cartillas escolares de los catálogos que la obra misma, y no se iba a poner ahora a pedirle dos cuadritos al concejal y al editor, pero… ¿entonces cómo iba a poder incluirse él mismo en la exposición si no organizaba la colectiva? El concejal ya andaba más relajado con la supuesta conjuración fantasmal de una moción de censura que no se llevaría a cabo, aunque todavía le preocupaba cómo justificar los gastos de una gran cena y baile medieval demasiado particulares. Todos los domingos una hilera de talcos rojos de vehículos se alejaba del pueblo en el atardecer, los forasteros habían leído en las páginas de internet los horarios de la galería, las excelencias arquitectónicas del edificio del consistorio, y la biografía de un romántico poeta serrano que tenía su casa-museo sita en la misma editorial. Los turistas daban mil vueltas a las tres casas tropezando entre ellos en la misma calle, y se alegraban de no haber cargado con latones y garrafas vacías para comprar aceite baratito de la sierra, porque en el pueblo no había nada. El pantocrator de la portada del edificio del ayuntamiento, el mejor detalle arquitectónico de la fachada y que no salía en internet, era el tablón de anuncios con su mampara de cristal, tan vacío como la vitrina de un balneario soviético. La editorial había forrado las ventanas con celofán anaranjado para que los libros no se pusieran amarillos. Aunque es sabido que para que un libro no se ponga amarillo es necesario que sea precisamente la luz quien deba incidir en el mismo. La galería
siempre la encontraban cerrada, y normalmente había un guiri desesperado
pulsando el timbre eterno, cargado con un cuadro horrible dejado caer
entre el suelo y el otro brazo. Era un verdadero desperdicio de buenos
materiales y de energía eléctrica en el timbre quemado,
y el mismo guiri ya aburrido se decía que mejor tenía que
haber llevado algún recipiente en vez del cuadro, para poder llevarse
al menos unos litros de aceite baratito, y no haber perdido el tiempo
con el galerista, que no existía. Una furgoneta muy teatrera llegó al pueblo llena de saltimbanquis y músicos vestidos de época, y se unieron bajo los soportales al maestro de sala de una empresa de servicio de comidas, que llamaba al portero automático del ayuntamiento, seguido de camareros cargados de neveras y mesas, con bandejas y campanas de acero. El galerista con un catálogo en la mano, y el editor con un libro en la suya, se miraron perplejos en medio de la calle del pueblo, observando tanta actividad debajo de los arcos del ayuntamiento. Y es que alguien tenía que quedarse mirando, convirtiéndose en público. |